Es un tema que ningún gobernante, hasta la fecha, ha tenido el valor de afrontar decididamente por miedo de quitarse la simpatía electoral de gran parte de la población pensando que así se rompería las relaciones entre España y la Santa Sede.
Personalmente creo que esto no sería así, aunque no sea yo un experto de relaciones internacionales. El actual Presidente, ZP, y la Vicepresidenta del Gobierno, Fernández de la Vega, han intentado dar un tono diverso a esta siempre confusa relación entre un Estado y un Estado – Iglesia tocando más la fuerte sensibilidad económica del segundo, sin todavía tocar las apariencias a las que mucho tiene la Iglesia.
Efectivamente las dos iglesias que pusieron sobre a la mesa el tema, tenían y tienen muchísimas razones para pedir aquel respecto que la católico-romana pretendería si estuviese en minoría: la distinción, en este específico caso, entre un funeral de estado y un funeral religioso. Una reivindicación que asomaba en este acto, la despedida religiosa, todo un incumplimiento por parte de Estado Español.
Ya había ocurrido otra vez, según la denuncia de una de las dos iglesia, que a un discípulo se le había impartido un funeral católico – romano bajo el pretexto de un funeral de estado. Este acto, lo de un funeral de estado, no puede quitar el derecho constitucionalmente reconocido al individuo, de la libertad de culto. Una que nadie ni nada puede inhibir, más aún el Estado, tutor de aquella Carta Magna.
El Funeral de Estado debe ser totalmente laico, realizado en un lugar público con la participación de todas las autoridades civiles y sin la presencia de exponentes de una o más religiones acreditadas delante del Gobierno. Otra cosa es el Funeral religioso: cada cual debe de estar libre de recibir esta función en la iglesia y en el rito en lo que creía el interesado, sin la presencia de ningún representante de las instituciones civiles. Esto no impide que cada cual, como ciudadano, participe en el acto sin que le sea atribuida representaciones algunas y distinguidos lugares especiales.
Hicieron muy mal las autoridades civiles, encabezadas por los reyes y el presidente, en asistir a aquella función en la catedral de la Almudena, desatendiendo a la llamada de atención de las dos organizaciones religiosas. Dentro de la misma iglesia católico-romana española está ganando espacio el grupo teólogo que se hace a Papa Giovanni, lo cual pide con fuerza un destaco misivo, palpable da la actual línea del cardenal Varela, hasta llegar a pedir la desaparición de los símbolos religioso de las aula escolástica.
De esta forma, asegura este grupo de teólogos, se hará más libre las iglesia y aumentarán los números de los cristianos católicos – romanos, convencidos y practicantes. Al momento sólo una mínima parte de los que se definen católicos – romanos son practicantes. La gran mayoría no lo son y son parte de esta confesión religiosa por el solo hecho de una arcaica costumbre que prevé bautizar a los recién nacidos sin esperar la mayoría de edad para una decisión consensuada y vivida.
El laicismo necesita dejar de ser “laico a mitad” y “perder el miedo” a los momentos duros que podría suponer la aplicación de una neta división entre religiones y Estado. Como pide asimismo parte de los adherentes a la iglesia católica – romana, el laicismo del estado debe dar un decisivo paso adelante, al considerar que la religión mayoritaria en España no lo hará nunca por los beneficios visibles y no visibles que esta no clara división comporta para su organización.
Benito Capone