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Tenerife 14 de Diciembre de 2009
Árboles, agua, agricultura
y turismo…
Es el capítulo 8 del libro Ecologismo y Educación Ambiental
de Canarias, escrito por Rubén Naranjo Rodríguez; de Anroart Ediciones; siendo el objeto de la publicación dar a conocer la tarea de concienciación ambientalista que el periodista Francisco González Díaz desarrolló en Canarias a partir del año 1901, y que prosiguió sin solución de continuidad hasta fechas próximas a su fallecimiento, a mediados de la década de los cuarenta del pasado siglo.

Designado como El apóstol del árbol, nombre que incluso trasladaría a la revista que sirvió de órgano de expresión de “Los Amigos de los Árboles” (en la práctica, la primera publicación conservacionista que se editó en el Archipiélago), y pese a constituir un referente en cuanto a lo que supone la toma de conciencia hacia la protección y recuperación de los devastados montes canarios.

Ya en la página 443 pasando el ecuador de este ejemplar, comienza el capítulo con: 8.1.El paisaje insular como nuevo objeto de deseo mercantil. La formación de lo que podría denominarse una “conciencia conservacionista” en las Islas, conectado en mayor medida en torno a la protección y restauración del arbolado, pero también de aquellos espacios de singular valor paisajístico y natural, está ligado, como se ha ido viendo, en su relación con el mantenimiento de los recursos hídricos, y por consiguiente de la riqueza agrícola, y también, de forma progresiva, al desarrollo de la industria turística.
Ello se vincula, en este último caso, con dos recursos naturales de los que Canarias, de una u otra forma, ha hecho soporte de esta actividad terciaria: el clima y el medio natural.

Al respecto, sigo leyendo, se destacará en los medios de comunicación escrita, la climatología del archipiélago, así como aquellos espacios de singular interés ambiental, y que incluso habían despertado la atención científica internacional, como sucede con el Teide y Las Cañadas.

Es el caso de la referencia a la escasa rentabilidad, en términos turísticos, que se obtenía de los señalados espacios naturales, expresada por el geólogo Lucas Fernández Navarro, quien indicaba que “una de las pocas cosas que más me han llamado la atención, es pensar como tiene Tenerife abandonado la explotación del Teide y de todos sus espectáculos, pues ‘pocas cosas en el mundo tienen su valor’. El aspecto del Teide y de sus alrededores es grandioso y el número de bellezas que encierra es incomparable”.

Con todo, había quien no consideraba suficiente el valor estético de dichos espacios, en concreto, en torno a los observatorios científicos instalados en Las Cañadas, pues se planteaba la repoblación forestal de esta zona, “para hacer más agradable la visita de los turistas”, desafortunada iniciativa que llegaría a concretarse año más tarde. Un patrimonio, el Teide, valorado y reconocidos por otros pero no por nosotros.

Antonio Pastor
*AIPET